viernes, 28 de agosto de 2009

Aja... / mmm... / ¿ah, sí?

Y más.
De un tiempo a esta parte (concretamente toda mi vida parlante), he venido desarrollando una estúpida capacidad que consiste en ser capaz de mantener conversaciones más o menos largas con gente que me conoce y de la que yo no me acuerdo ni remotamente (por supuesto, antes me dejaría matar que decir "perdona, no recuerdo tu nombre..." -aunque, claro, a esta le seguiría "perdona... tu nombre, que ahora sí que lo sé, no consigo ubicarlo ni en el tiempo ni en el espacio... ¿seguro que nos conocemos? ¿tu y yo no habremos... no?").
Más a menudo de lo que me gustaría me encuentro con gente que me recuerda detalladamente "hombre, Ana, hija de Gandalf, sobrina de Aragón -maña, más que fuerza- la que camina con elegante tranco, la de la hermosa mancha de nacimiento en el pie derecho! ¿y qué es de tu vida?"... y que es correspondida por mi parte con un efusivo y desconcertante "heeeey, cuánto tiempo... (¿?)!", mientras un interrogante gigante se posa sobre mi desmemoriada cabeza, y empieza a pasar toda mi vida en diapositivas por delante de mis ojos. Por supuesto, en estos momentos trato de hablar de cosas abstractas para no meter la pata, ("cómo está la vida, ¿eh?... mira, una araña!")
Esto suele funcionar (si a funcionar llamamos que la conversación empieza y acaba y mi interlocutor no se ha percatado de que no sé con quién estoy hablando).
Casi siempre.
O no.
No me acuerdo..

*(Estimado desconocido de ayer: no recuerdo quién eres, no me suenas de nada. Aprovecho para decírtelo ahora... Cuendo dije “me alegro de verte, simplemente expresaba que estaba contenta de contar con una buena salud ocular. Desde el cariño te lo digo)

3 comentarios:

antia dijo...

Toda la razón q llevas,ocurre muy a menudoo!!me parto y me mondo contigoooo.

Lanita (algodón & poliéster) dijo...

... y no veas cómo pesa la razón...!

.-)

La Violeta dijo...

Yo también lo odio. Desde que vivo en Vilafranca me cruzo con un montón de gente que me suena de cara y que me saludan, y mientras devuelvo el saludo sin saber si debo ser efusiva o no repaso mentalmente todas las tiendas a las que he ido últimamente, a ver si esa cara es la panadera o la pescatera. Pero nunca me acuerdo en el instante, sino una semana después, con lo que me muero de vergüenza al pensar que no hacía falta saludar tan vivamente al de la papelería.

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